©Lucy Baskerville
Érase una vez en la gran ciudad de Londres, dos jóvenes que se amaban a pesar de pertenecer a clases sociales diferentes.
Para ella, esas reglas estrictas de no mezclarse con la gente de clase social media o baja, le parecían absurdas y sin sentido. Cada persona debería ser libre de relacionarse con quién quisiera.
Pero eso, no le impedía amar al joven que la había salvado, cuando unos delincuentes, intentaron atracarla con intención de robarle otra cosa a parte de las joyas que pudiera llevar encima.
Ella, al principio sintió gratitud y quiso recompensarle, él en cambio rechazo su ofrecimiento y le dio una advertencia:
- Deberías tener más cuidado y tratar de no llevar cosas de valor cuando estás sola.
A partir desde aquel momento, ella empezó a bajar con más frecuencia en la parte baja de la ciudad, con intención de saber más acerca del misterioso joven.
Su sorpresa fue mayor, al descubrir que era huérfano y para vivir, se pasaba horas trabajando.
Los ciudadanos lo habían criado como a un hijo propio e incluso le dieron el nombre de Henry.
Su admiración hacia él aumentaba y siempre que podían, se pasaban el tiempo juntos. Gracias a eso, sus sentimientos fueron cambiando poco a poco.
Aunque habían pasado dos años de su primer encuentro, ellos se seguían viendo a escondidas y conocían más detalles acerca de la vida del otro.
Encontraron una cabaña abandonada, y decidieron convertirla en su escondite secreto, en donde pudieran hablar sin ver vistos u oídos.
La decoración de la vivienda era humilde y acogedora. Las paredes pintadas de un marrón cálido, una cama al lado de la ventana que estaba decorada con una cortina de encaje, un sofá color turquesa y alfombras persas de imitación.
Para Lacey aquel sitio era ideal y perfecto para ellos.
Un día, mientras estaban sentados en el suelo, abrazados y mirando el fuego de la chimenea, ella le confeso el deseo de ir más allá y hacer pública su relación .
Él, mirando sus hermosos ojos esmeralda, su blanca y delicada piel qué resaltaba, su cabello negro rojizo que caía en cascada por sus hombros, - preguntó. -
- ¿Lacey, sabiendo que nuestro amor está prohibido, aún continúas con la idea de seguir adelante?
- Henry, si seguimos ocultando lo que sentimos, llegara un día en que lamentaremos haber tenido miedo sobre el que dirán. - Replico ella admirando su piel bronceada y sus brazos fuertes que la rodeaban para abrazarla. -
- Yo también, pienso lo mismo, pero hay un problema. ¿Cuál crees que será la reacción de tus padres? Dudo que estén de acuerdo con la idea de que estemos juntos.
- Lo sé, pero deben entender que en la vida no todo son riquezas. -Añadió ella con las mejillas encendidas. - Puede que al principio les cueste aceptarlo e incluso puede que les parezca un disparate, pero estoy segura que, con el tiempo, cambiarán de opinión y verán lo nuestro con buenos ojos. El amor es querer a alguien por encima de todas las diferencias
- ¿Lacey, te he dicho alguna vez como me asombra tu testarudez? – Señaló Henry, cogiendo con delicadeza la mano de la joven, y besándola con afecto. -
-Me parece, que me lo has repetido más de una vez - Añadió Lacey sonriendo. –
Tras separarse el uno del otro, acordaron encontrarse en el mismo lugar cuando ella tuviera la respuesta.
Al volver en la mansión, en la cual vivía junto a sus progenitores, Lacey echó un vistazo a los alrededores. Si su familia se oponía a su romance con Henry, abandonaría esas propiedades para siempre.
De nada servía lamentarse, pues fue ella quien eligió ese camino y no pensaba echarse atrás. La decisión estaba tomada. - Pensó con resolución-
Cuando entro en el salón vio a su madre sentada en el sofá de terciopelo azul marino tomando un té. Su padre estaba frente a la estantería que había al lado del balcón con un libro abierto en la mano.
Ambos alzaron la vista, cuando Lacey entro.
-Cariño, nos gustaría poder hablar contigo un momento. -dijo su madre dejando la taza sobre la pequeña mesa que había enfrente y analizando a su hija con la mirada-.
Ella obedeciendo, se sentó al lado de su madre, y espero.
-Hija, sabemos que durante estos últimos años has rechazado la idea de un matrimonio por conveniencia.
Además, hemos investigado, lo que has estado haciendo, e incluso vigilado cada uno de tus pasos. –Agrego su padre cerrando el libro e acercándose a su esposa. - Eres nuestra única hija y es natural que nos preocupara el hecho de que te pasara alguna cosa y te diera vergüenza o miedo acudir a nosotros.
- Que tratáis de decirme? – Preguntó Lacey atónita, sin dar crédito a lo que acababa de oír. –
- Cielo, puede que esto te suene, inapropiado de mi parte, pero mi instinto, me dice que los sentimientos que aquel joven siente por ti son sinceros.
Por lo tanto, hemos decidido en apoyar tu decisión. - Afirmó su madre aclarando las dudas de su hija-.
Desconcertada, Lacey busco la mirada de su padre y vio como este con una cálida sonrisa, asentía
Cuando volvió a reunirse con Henry para darle la buena noticia al día siguiente, él aun no podía creerlo.
Varias semanas después, el rey le otorgo a Henry el título de duque y tierras propias, en agradecimiento por haber salvado a la hija de su amigo, el conde Beckford
La noche posterior al nombramiento, él la llevo junto a un pequeño lago, y bajo a la luz de la luna que se colaba por entre las ramas de los árboles que había a su alrededor y de las estrellas que brillaban en el cielo nocturno, Lacey le paso las manos por el sedoso cabello rubio oscuro y mirando sus ojos azul zafiro lentamente acerco su boca a la de él y se besaron con pasión. Ella adoraba sentir sus caricias sobre su piel y sentirse amada.
Tras haber pasado varios meses de su matrimonio, sentían que su felicidad iba en aumento pues Lacey estaba embarazada y pronto su familia estaría completa.
Fin